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Cuando el nacionalismo pone las emociones en el centro del debate

 

Artículo de opinión de Laura Vicente

Laura Vicente


Nunca he sido partidaria de exponer mis emociones en público, una educación sobria hasta el límite, en una familia obrera que migró del campo a la ciudad en momentos de dura crisis (una rama familiar antes de la II República y la otra en la década de 1950) y una convicción propia de que había que controlar las emociones en aras de la racionalidad, me convencieron de lo peligroso que podía llegar a ser conducirse exclusivamente por sentimientos.

He procurado a lo largo de mi vida mantenerme en esa línea de actuación, acompañada por la idea de que era necesario actuar colectivamente buscando la justicia social y la libertad. Esas convicciones no forman en mí un barniz que se puede rascar para sustituirlas por otras sino la idiosincrasia de mi forma de ser. Nunca he pretendido ocupar cargos ni beneficiarme en nada de mi activismo y eso me ha permitido ir construyendo un perfil muy personal vinculado al anarquismo sin que esté determinado por ninguna organización aunque he estado afiliada más de 30 años a la CNT, posteriormente CGT. Abandoné esta organización hace tres años por disconformidad con la línea nacionalista adoptada en Cataluña y que en las últimas semanas se ha mostrado en toda su desoladora magnitud.

DURANTE MESES Y MESES DI CLASE CON LA CAMISETA AMARILLA CONTRA LOS RECORTES EN EDUCACIÓN

Sin embargo hoy rompo esa línea de actuación y hablo de emociones y sentimientos, con mucho pudor, porque el nacionalismo ha colocado en el centro del debate político una ideología que se sitúa exclusivamente en el terreno subjetivo de las emociones. Sobre los sentimientos del nacionalismo catalán se habla continuamente en los medios de comunicación proclives a la independencia, sobre los del nacionalismo español algo parecido en otros medios. Esa confrontación de subjetividades emocionales ha creado dos mundos paralelos en los que los “otros” no tienen cabida y sirven para reafirmar identidades excluyentes, rencores, rabia y odio.

Pero yo no me sitúo en ninguna de las dos reacciones identitarias: no me gustan las banderas, ni las señas de identidad lingüística, ni los agravios egoístas, no me emocionan los himnos patrióticos, ni sentirme fuerte arropada por una masa que busca la unanimidad y rechaza la discrepancia, ni busco en la historia la confirmación de mis deseos.

Ese control de las emociones me ha conducido a una incómoda situación, estoy en tierra de nadie, no me ampara ninguna organización, no me consuela la convicción de sentirme en posesión de la verdad, no me siento arraigada a ningún pedazo de tierra, a ninguna categoría de superioridad ética (ni étnica). En esa tierra de nadie hace frío, hay confusión, no tengo raíces que me sujeten a tradiciones o creencias, mi nombre circula en listas de malos patriotas, la amenaza de graves palabras (traidora, deshonesta, renegada, fascista…) ronda alrededor mío, de mi familia y de mis amistades que como yo estamos instalados en esa tierra de nadie.

¿Qué me queda tras años de compromiso social y activismo?

¿Acabar hablando en público de emociones y sentimientos?

Laura Vicente

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