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Gérard Imbert: "Crisis de credibilidad vs credibilidad de la crisis (El 15 M como ocupación del discurso público)"

 

En la Puerta Sol-ución se está desarrollando un extraño e inédito partido en el que un bando campa a sus anchas en el espacio público bregando verbal y dialécticamente con otro que, fuera de campo, desenvolvía su desgastado y rutinario discurso electoral, sin parecer apercibirse de que, por fin, algo pasaba. El debate real estaba a los pies de la estatua de Carlos III.



Por primera vez, algo rompe con este ritual anquilosado, y no es ni una bomba ni una catástrofe natural. Más bien, es una bomba social: sectores excluidos o simplemente disconformes con el “sistema” toman la palabra, al margen de los aparatos habituales de expresión y de las instancias “representativas”. Lo hacen en acto (pacífico: una ocupación) y en discurso (asambleario y gráfico): una proliferación de comisiones y subcomisiones (más de 10), un alarde de eslóganes y dibujos que cuelgan de las lonas que apenas los protegen, cubren la vidriera del metro a modo de dazibao sesentero.

Pero ¡ojo! señores (y señorías), no son los comisarios políticos que adoctrinaron a nuestros padres en los 50, ni los jóvenes y fanáticos guardias rojos de Mao, ni los obcecados y dogmáticos militantes de los grupúsculos del 68… Son gente de a pie, no profesionales de la política, no integrados socialmente (aunque muchos profesionalmente formados), no futuribles estables, al margen todos del sistema.

“De repente –dice una de las pancartas espontáneas- tengo una razón para levantarme por la mañana”…

Frente a la crisis de credibilidad que padece la clase política, a la degradación que afecta al discurso televisivo y a la información en general, a la no-representatividad de los sectores económicos, que tanta presión ejercen sobre la política sin tener la menor legitimidad institucional, ellos son la credibilidad de la crisis, la prueba fehaciente de que el sistema no beneficia a todos por igual, de que incluso falla y –cosa peor- falla en sus propias bases.

La dimensión discursiva y simbólica es fundamental en esta rebelión. Los sin representación (política) ni presencia (social) han tomado la palabra y no quieren que se la diluyan ni manipulen desde fuera. La gestión asamblearia funcionó a la perfección durante estos días, rompió con la retórica hueca de los mítines, las profesiones de fe de los ideólogos (si es que quedan), las arengas de los militantes. Intervenciones cortas, ordenadas, que el público podía aprobar o interrumpir mediante gestos mudos, sin gritos ni consignas (uno, muy gráfico, para impedir la verborrea inútil de algunos oradores). Con la misma eficacia, funcionaron las comisiones de limpieza, abastecimiento, relación con el exterior, etc.

Pero lo más llamativo tal vez sea el espíritu que presidió todo esto y el verbo que lo acompañó: el espíritu de mayo del 68 estaba en el aire, no sólo en algunas frases emblemáticas como: “Sed realistas, pedid lo imposible”, sino en la manera de darle la vuelta al discurso dominante, de retomar conceptos y lemas y de vaciar o desviar su sentido, sacándolos de los contextos retóricos en los que se habían fosilizado o desvirtuado, como una manera de volver a lo original y esencial. Es interesante, a este respecto, el uso renovado de palabras como violencia, miedo, respeto, presente, paro, recontextualizándolas en su justo entorno: el social.

  • “Violencia= 600 euros al mes”: la violencia no es sólo la más visible, la del terrorismo. Hay violencias simbólicas (Pierre Bourdieu), “Horror económico” (como reza el título del libro de Viviane Forrester, 1996).
  • “Estoy cansado de ser el futuro, soy el presente”: frente a la presentación de la juventud como “futuro de la nación”, está la juventud del presente, desempleada, o mal empleada (a base de contratos-basura y de puestos que no corresponden a su cualificación).
  • “Si no nos vais a dejar soñar, no os vamos a dejar dormir”. A más de un político en campaña, le habrá dado insomnios…
  • Aparte de subvertir el orden (impuesto) de las cosas, este discurso las vuelve a colocar en su sitio real: “Paro técnico para políticos y banqueros”…

Ocupación del espacio público y toma del discurso público van parejas. Hay en esta ocupación del lenguaje –lo mismo que en las propuestas “programáticas”- más imaginación, creatividad y dignidad que en el debate político institucional donde hoy dominan la crispación, el descrédito del otro y la invectiva… Los sociólogos dicen que era imprevisible. Inesperado, no es, social y económicamente hablando; nuevo sí, en cuanto a naturaleza y expresión:

  • Primero es un grupo informe, sin cabeza visible ni organización vertical, ni oradores exclusivos, a imagen del medio que ha permitido aglutinar a tanta gente (las redes sociales).
  • Expresa el “cabreo” (lo que Hessel llama la indignación), pero lo hacen de forma pacífica.
  • Habla de miedo pero no es para referirse al que podrían sentir determinados sectores políticos y sociales, sino para expresar el miedo al futuro, el rechazo al presente.
  • Ofrecen un caos de “jaimas” y puestos, pero todo funciona dentro de un orden sorprendente.
  • Son la generación ni ni, (ni estudian, ni trabajan, ni PSOE ni PP), pero incitan a la reflexión en profundidad, tienen más capacidad dialéctica que los políticos al uso y se atreven a plantear soluciones (y, para colmo, pequeñas soluciones, bastante pragmáticas).
  • Son soñadores pero despiertos.
  • Son radicales pero usan palabras tan olvidadas como ternura (“Hay que endurecerse sin perder la ternura”) o desgastadas como respeto…

En fin, que tienen que aprender de ellos los políticos y asustarse un poco los banqueros.

Informe –y, en eso, es un fenómeno posmoderno- quiere decir que: No tiene límites claros: se puede extender de manera viral a otros sectores de la población.

  • No es un grupo cerrado, con conciencia de clase, de ahí su carácter profundamente apolítico (entiéndase al margen de la política, no porque la ignora sino porque la rechaza tal y como funciona).

  • Es antisistema ¿por qué no? –como si esta palabra representara el anticristo para algunos políticos rancios que la asocian con violencia-, pero no al modo sectario sino reflexivo, como un rechazo de los efectos perversos del sistema.

  • Son antisistemas como lo fuimos en el 68, pero más pacíficos y más realistas, más volcados en el presente –el de la “democracia real”- que en un utópico y más que hipotético futuro.

  • Informe, por fin, es lo que evoluciona en el tiempo, no está adscrito a una identidad irreversible, a unos roles inamovibles: un presente posible…

  • Como dicen: “No hay antisistemas, el sistema es anti-yo”.

Son más que creíbles, son imprescindibles.

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Gérard Imbert, catedrático de Comunicación Audiovisual, acaba de publicar:

“La sociedad informe”. Icaria, 2010. - http://gerardimbert.blogspot.com

 

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