Artículo de opinión de Rafael Cid

Dos naciones ibéricas, la España que abraza el Mediterráneo y el Portugal volcado al Atlántico, cercanas físicamente y alejadas emocionalmente. Mientras allí un grupo de soldados y oficiales salían de sus cuarteles el 25 de abril de 1974 para desafiar a la larga dictadura impuesta por Oliveira Salazar y secundada por Marcelo Caetano, al otro lado de la raya ocurría todo lo contrario. Un mes antes, el franquismo encarnado por Arias Navarro ejecutaba por garrote vil al joven anarquista catalán Salvador Puig Antich. Era el último rictus de una escalada de represión y terrorismo de Estado que culminaría al año siguiente con la detención, procesamiento y condena de los miembros de la Unión Militar Democrática (UMD), la organización hermana del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) luso, y el fusilamiento de tres combatientes antifascistas del FRAP y dos de ETA.

Una dinámica de fuerza bruta indiscriminada que, en vez de motivar a los abanderados del antifranquismo para acelerar el proceso de ruptura con el régimen, sembró el camino para su frustrante capitulación. No sin antes crear el clímax propagandístico necesario para presentar la flagrante renuncia como un gesto de abnegada responsabilidad histórica. Manuel Vázquez Montalbán, un influyente intelectual orgánico ligado al PSUC, emplearía la pía expresión <<concurrencia de debilidades>> para justificar que en España la izquierda insuficiente despreciara la vía portuguesa (sus nietos hoy sacan pecho predicando el <<no es no>>). Con esas letales credenciales, gran parte de la oposición, encabezada por el Partido Socialista (PSOE) de Felipe González, el Partido Comunista de Santiago Carrillo (PCE), y los sindicatos UGT y CCOO, asimilados en los pactos de la Moncloa, pactaba con el último bastión franquista una transición continuista coronada en la monárquica restaurada por el Caudillo (con renuncia expresa al legado republicano y sus valores).

Tras aprobar dos amnistías que suponían en realidad una ley de punto final al prescribir la impunidad de los crímenes de la dictadura, se designaba jefe de Estado al Rey elegido por Franco, y en las primeras elecciones libres de 1977 era elegido jefe del primer Gobierno de la democracia Adolfo Suarez, el último Secretario General del Movimiento Nacional, el partido único de la dictadura. Por eso aún hoy,  esperar Verdad, Justicia y Reparación de la flamante Ley de Memoria Histórica Democrática, aprobada por el primer Gobierno de coalición de izquierdas desde la Segunda República, sigue siendo un desiderátum de exclusivo efecto nominalista.

Vaya por delante una explicación respecto al título de esta nota. Deploro la manía de esos << maestros de periodistas>> que se hacen selfies con los famosos para exhibirlos en su álbum de trofeos. Me resulta tan infantil como la obsesión de los cazadores de autógrafos de gente importante. De forma y manera que si uso el término <<conocí>> para referirme al que fue alma y cerebro de la Revolución de los Claveles (pacífica y jubilosa) es únicamente para contextualizar la entrevista que mantuve con Otelo Saraiva de Carvalho a finales de los ochenta del pasado siglo.

Dicho encuentro tuvo lugar en la prisión militar de Tomar, situada en las afueras de la antigua ciudad templaría que discurre junto al río Nabao, en el centro de Portugal.  El Otelo de entonces ya no estaba en la cresta de la ola. Era, si no un apestado, sí un marginado en la nueva sociedad abierta que él había contribuido a alumbrar, aunque de ninguna manera un juguete roto. A pesar del poco tiempo transcurrido desde aquel 25 de Abril de 1974 en que Radio Renascença emitiera la canción de José Alfonso Grândola vila Morena como consigna para la sublevación de los capitanes, el factótum de la caída del salazarismo permanecía encarcelado acusado de terrorismo. Una oscura trama policial y judicial avalada por un grupo de <<arrepentidos>>  de la formación Fuerzas Populares Veinticinco de Abril (FP-25) que, desde su condición de testigos protegidos,  señalaban a Otelo como el instigador de una serie de atracos y homicidios.

El ostracismo de Otelo empezó a fraguarse tras hacer pública su decisión de explorar formas de democracia directa y participativa más allá de la estricta lógica de los partidos-aparato, encaramados al poder como objetivo absoluto. Su ideal estaba en un proceso constituyente de nueva planta que chocaba radicalmente con la postura dominante en el tablero político portugués sostenido por el Partido Socialista de Mario Soares, apoyado por la influyente Internacional Socialista, y el ortodoxo Partido Comunista de Álvaro Cunhal, al servicio indeclinable de los intereses geoestratégicos de la Unión Soviética (parecida <<concurrencia debilidades>> llevó a la misma dirección del PCE desde Moscú a dejar en la estacada al maquis comunista en la postguerra). Un rechazo militante y vigilante, porque Otelo seguía siendo para la opinión pública el vivo estandarte de la Revolución de los Claveles. Como se evidenció cuando logró el segundo puesto en los comicios presidenciales, sin más capital, apoyo o estructura que su propio prestigio, <<a capella>>.

Llegué al destacamento militar donde cumplía condena Otelo a primera hora de una tarde de septiembre, después de meses de preparar la cita gracias a los buenos oficios de amigos gallegos del clandestino Sindicato Unificado de la Guardia Civil (SUGC), que luego quedarían desamparados como los integrantes de la UMD. Tenía curiosidad por saber cómo iba a verme con mi entrevistado. ¿Sería presencialmente o a través de algún panel de cristal como en las comunicaciones de las cárceles españolas? Pero me condujeron a una salita donde había un par de viejos sillones y deduje que el encuentro se iba a desarrollar sin  condicionamientos. Así resultó, cara a cara, sin testigos ni limitaciones de tiempo, cada uno en una desvencijada butaca, frente a frente, sin interferencias incómodas. Es curioso, a pesar del tiempo transcurrido (treinta y muchos años ya, no recuerdo bien el año concreto de esa década en que se produjo la entrevista), hoy registro el mismo sentimiento positivo que entonces. En aquella ocasión porque era un joven periodista con ideales, y hoy quizás porque mantengo parecida ingenuidad a pesar de la distancia temporal. El caso es que en ningún momento se me pasó por la cabeza preguntar a mi contertulio por lo que le había llevado a esa penosa situación. Tan motivado y deslumbrado estaba por el eco del 25 de Abril  que antepuse mi estima personal a la deontología profesional. Una concesión impropia, lo reconozco sin arrepentimiento.

La persona que tenía ante mí no destacaba por nada especial. De mediana edad, más bien bajo de estatura, algo entrado en carnes y pelo mediando a gris, podía perfectamente intercambiarse en el aspecto por el típico dependiente de comercio. Ninguna épica ni estética. De tez cetrina, barba espesa y cejas al carboncillo, añadido al tabardo caqui abandonado sobre los hombros su aspecto para nada era marcial. Y sin embargo, en la corta distancia transmitía un halo de autenticidad y dignidad que la sencillez y el pudor de su porte no hacía más que ennoblecer. Otelo Saraiva de Carvalho era lo más contrario de esa estampa napoleónica con que suele representarse a los protagonistas de grandes acontecimientos. Era uno más de nosotros, pero no un cualquiera. Y la conversación que mantuvimos, sin temas acotados ni aspavientos, me sirvió para consignar su enorme calidad humana. ¿Cómo pensar que estaba ante el mentor de la banda terrorista que habían establecido sus juzgadores?

De todo lo hablado, lo más importante por nuevo, lo que mayor impacto provocó cuando aparecido publicado, fue su denuncia contra el partido comunista portugués, a cuya opaca actitud atribuía parte de su caída en desgracia. Según Otelo fueron los cuadros de Cunhal los que entre bastidores manejaron los hilos para impedir que a la caída de la dictadura se abriera una estrategia radical de revolución social (hoy el término suena altisonante, pero en aquellas fechas y en aquel lugar no lo era tanto). Seguramente porque desde Moscú estimaron que desestabilizar la península ibérica no entraba en el juego hegemónico de las superpotencias, cuando la fórmula de moda entre los partidos hermanos era el <<eurocomunismo>> y la <<reconciliación nacional>>. Sobre todo sabiendo que Otelo quería pasar de las rígidas doctrinas partidarias y sus juegos de poder hacia fórmulas de democracia integral, activa e inclusiva. Intentar hacer real la alternativa de un demos constituyente como el de Grândola vila morena (…terra da fraternidade / o povo é quem mais ordena/ dentro de ti, ó ciudade). Los términos exactos de esa diatriba contra la estrategia inmovilista del PCP están en las páginas de la revista Cambio 16 de la época. Lo único que puedo añadir de más es que sus afirmaciones cayeron aquí como una bofetada entre la izquierda española establecida, ya en la vertical del poder. La que había transado con los herederos del franquismo por nuestro propio bien, según el relato habitual. Aquello se consideró una provocación y se sancionó con un elocuente menosprecio de ultratumba.

Ciertamente la trayectoria de Otelo Saraiva de Carvalho configuró un raro fenómeno político, una  anomalía. Apreciado y querido por el pueblo llano, visto con recelo por la izquierda institucional y ferozmente denostado por las derechas, su figura fue y sigue siendo una incómoda referencia. Incluso  en el momento de su muerte le han negado el reconocimiento popular que la historia le tiene otorgado. El actual gobierno socialista de Portugal ha impedido que se rindiera un homenaje público como signo de respeto al alma de la Revolución de los Claveles fallecido el último julio, también otro día 25. Mientras, los sectores conservadores y reaccionarios de la sociedad siguen compitiendo para enlodar su memoria. Esto es lo que escribía aquí La Voz de Galicia en una crónica sobre su óbito, colando una miserable <<nota de color>> en el artículo: <<El militar era bígamo, como revela la biografía escrita por el periodista Paulo Moura: De lunes a viernes vive en una casa, sábado y domingo los pasa en la otra>>.  Todo, porque Otelo Saraiva de Carvalho, el hombre que no quiso reinar, había tenido la osadía de hacer ley de vida lo que pregonara su paisano el escritor Miguel Torga:<<Es difícil, pero hay que tener el valor de quedarse solo. Un sola voz es suficiente para enfrentarse al mundo y tener razón>>.


Fuente: Rafael Cid