Artículo publicado en Rojo y Negro nº 388 de abril.

Algo que caracteriza los tiempos que estamos atravesando es el impacto cada vez mayor que tienen las redes sociales en nuestras vidas. Más allá de la bondad o maldad de este fenómeno, es innegable que muchos de nuestros hábitos se han ido transformando paulatinamente para darle espacio a las redes sociales en nuestra cotidianidad. Hablamos de un cambio que sigue sucediendo y abre paso a nuevas posibilidades en el complejo de relaciones humanas como la economía, la creatividad, las interacciones sociales, etc. Dentro de este abanico de situaciones que involucran a las redes sociales, hay un fenómeno viral que me llama particularmente la atención, pues tiene que ver con una escuela filosófica que ha venido cobrando protagonismo: «los estoicos».

En el año 2012, un grupo de académicos ingleses decidieron crear un evento que aún se llama The stoic week —la semana estoica—, y que consiste en una invitación a “vivir como estoicos” por siete días. Según datos de modern stoicism, quienes ofician este evento, la semana estoica ha tenido una gran acogida, pues ha tenido un alcance de más de cuarenta mil inscripciones en sus casi doce años de existencia. Ellos afirman que su evento ofrece beneficios efectivos y casi inmediatos. Sostienen en su página web que, por ejemplo, con practicar el estoicismo se pueden transformar nuestras vidas y alcanzar la felicidad. ¿Cuántas veces se pueden ver publicaciones con estas mismas promesas en las redes sociales, no solo con el estoicismo sino también con otros aspectos como el minimalismo, el mindfullness, los suplementos vitamínicos, el gimnasio, entre otros tantos?
Ese estoicismo chic, tema de Best Sellers como Ryan Holiday —quien escribe desde el estoicismo hasta en la crianza de los niños—, está en auge hoy en día. Es un tema que llena escaparates en librerías y acumula cientos e incluso miles de “me gusta” en redes sociales pues ofrece, como otras tendencias de esta naturaleza, rutas directas a la felicidad. El problema es que las ideas y principios que se ofrecen poco o nada tendrán que ver con el mensaje original que tenían los estoicos. Es verdad: si leemos las obras de los estoicos, nos será factible encontrar muchas de las técnicas o soluciones que se ofrecen en estos libros. Los baños de agua fría, el hábito de escribir un diario, la vida mesurada, entre otros, son recomendaciones que autores como Séneca o Marco Aurelio postulan en sus obras; sin embargo, detrás de todo ethos (conjunto de acciones), hay una metafísica (modo de entender la realidad en general) que lo sustenta.
Los estoicos pertenecen a un tiempo, a una historia determinada. Para ellos no era problema el burn out o la depresión. Ellos no vivían en carne propia asuntos como los atascos en el tráfico, la inflación, los cada vez más calurosos veranos o el precio del último móvil en el mercado. Si no tenemos en cuenta esa verdad, es muy fácil interpretar erróneamente a los filósofos y hacerlos decir, con violencia, cosas muy distintas de las que ellos originalmente buscaron decir. Esto me lleva a pensar con convencimiento que muchas de las cosas que se dicen en estos encuentros virales o libros con récords en ventas dicen más de la crisis de nuestra cultura, que de la sabiduría de esta escuela filosófica.
El estoicismo surge en la Atenas del siglo IV. Su fundador, Zenon de Citio, inició su vida como filósofo en calidad de discípulo de Crates, un cínico que aprendió a su vez de Diógenes. El padre del estoicismo, inconforme con el radical estilo de vida de los cínicos, decidió fundar su propia escuela cuyo nombre fue obtenido del lugar donde solían reunirse: la estoa pecile —pórtico pintado—, un lugar dentro de los muros atenienses que les permitió llegar a un número cada vez mayor de personas. El estoicismo temprano planteó un diálogo crítico con muchas filosofías de su tiempo: eran críticos de la teoría platónica de las ideas innatas; estaban de acuerdo con la categoría aristotélica de virtud, pero distaban de su idea de felicidad —conservaron del cinismo el concepto de felicidad como una vida conforme a la naturaleza—; pugnaban por el estudio de la lógica y la física y fueron críticos acérrimos del epicureísmo y su ética. Valga lo dicho para demostrar que el estoicismo es una filosofía que propone mucho más que baños de agua fría.
Quiero cerrar este artículo con una breve reflexión que, espero, aterrice lo dicho hasta ahora. Albert Camus, filósofo del siglo XX, sostenía en uno de sus libros que todos y cada uno de nosotros en algún momento de nuestras vidas —tal vez mientras esperamos el bus que nos lleve al trabajo—, nos vemos asediados por un pesado sentimiento de tedio. Es una sensación angustiosa, que puede poner en perspectiva incluso el todo de nuestra existencia. Algunos de nosotros dejaremos pasar esa sensación y la sepultaremos con un sinnúmero de quehaceres. Otros buscarán vías de escape entre el ruido y el descontrol. Otros muchos buscarán respuestas a ese sentimiento por vías espirituales o con propuestas chic como la supuesta estoica. El problema surge cuando, al adentrarnos en estas propuestas novedosas y que nos prometen la felicidad tras unos simples pasos, encontramos más de lo mismo pues en realidad no son más que lo mismo. Su afán de simpleza, su intención mercantilista de llamar la atención de las multitudes; en fin, su naturaleza de tendencia en redes sociales, mutila a estas filosofías chic de la verdadera profundidad que un mensaje como el de los estoicos puede ofrecer al drama del tedio, y lo convierte en otro de los muchos bienes de servicio que el consumismo actual tiene para ofrecernos. Mi invitación a quien se interese en el estoicismo, o en cualquier otra solución al tedio de la vida actual, es a que lea con sospecha, que dude siempre hasta de sus propias conclusiones. Que se inmiscuya en lo que los filósofos tienen que decir para que, finalmente, esas lecciones que tanto cuesta alcanzar y que siempre serán provisionales dejen mella en nuestras vidas, transformen —así sea mínimamente— nuestro modo de actuar y, paulatinamente, el entorno que nos co-determina.

David Higuera Flechas
Investigador en Filosofía Fundamental

 


Fuente: Rojo y Negro