Félix García. A vuelta con la cárcel
Hace tres años casi exactamente, en agosto de 2002, publicaba en esta página (red-libertaria.net) un artículo con el título 10 suicidios. Llamaba entonces la atención sobre la dramática situación de las cárceles, lugares en los que, además de estar hacinadas más personas de las que caben, se produce una real destrucción de las personas que allí se encuentran. Este verano, aprovechando los calores que a todos nos hacen bajar la guardia, Instituciones Penitenciarias se descolgó con un sorprendente plan de prevención de suicidios, alarmada por lo que está ocurriendo. Y no es para menos.
Félix García. A vuelta con la cárcel

Hace tres años casi exactamente, en agosto de 2002, publicaba en esta página (red-libertaria.net) un artículo con el título 10 suicidios. Llamaba entonces la atención sobre la dramática situación de las cárceles, lugares en los que, además de estar hacinadas más personas de las que caben, se produce una real destrucción de las personas que allí se encuentran. Este verano, aprovechando los calores que a todos nos hacen bajar la guardia, Instituciones Penitenciarias se descolgó con un sorprendente plan de prevención de suicidios, alarmada por lo que está ocurriendo. Y no es para menos.

La alarma se disparó al producirse el 4 suicidio en lo que va de año en la cárcel de Nanclares de Oca. La propia administración mostró su preocupación por el tema y decidió intervenir de forma inmediata. En primer lugar aceptó la dimisión del subdirector de seguridad de la cárcel. A continuación presentó un Programa de Prevención de Suicidios encaminado a evitar que siguiera creciendo la cifra de personas que acababan con su vida en la cárcel. Eso sí, el programa consiste básicamente en un plan de tratamiento médico y psicológico de los reclusos y un plan de formación para los funcionarios, acompañado como novedad con la inclusión de internos “de apoyo” que colaborarán en el seguimiento de sus compañeros a cambio de algunos beneficios penitenciarios.

Aparte de la disminución de los períodos de aislamiento y de facilitar las llamadas a familiares, el bloque de las medidas se centra en cuestiones de seguimiento y tratamiento médico y psicológico : análisis del preso en el ingreso, escribiendo en la portada de su expediente el riesgo de suicidio para que conste en los traslados, evaluación médica constante, seguimiento de sus relaciones con la familia y de su situación penal, con especial atención a la comunicación de resoluciones judiciales, reunión mensual del subdirector con los internos de apoyo, funcionarios y educadores…

Todo lo anterior merece varias reflexiones, reiterando en parte lo dicho en el artículo de hace dos años. La primera tiene que ver con los hechos y estos son tozudos y graves. Según datos de la propia Administración, en el 2002 (fecha de mi anterior artículo) hubo 20 suicidios ; en el 2003 se pasó a 28 y en el 2004 la cifra subió a 40. No tenemos todavía cifras del 2005, pero debe ser más elevada todavía que las del año anterior. En ese tiempo además la población carcelaria ha pasado de 44.924 reclusos a 51.272. Total, que la tasa de suicidios es de 0,78 suicidios por cada 1.000 presos.

La segunda observación hace referencia a las posibles causas de esta situación. El estudio de Instituciones Penitenciarias es un buen ejemplo de cómo se puede echar balones fuera. El peso del problema se sitúa en problemas psicológicos del recluso, así como en las carencias en la red de apoyo socioemocional sobre todo externo. Llama también la atención sobre la presión social percibida por algunos reclusos que tienen conocimiento del tratamiento que hacen los medios de comunicación de su situación y se sienten desbordados cuando les llega el momento de su excarcelación.

Creo sinceramente que, sin negar la incidencia de esos factores, el problema reside en la misma institución carcelaria y en el modo en que la sociedad está abordando el problema de la delincuencia. Si empezamos por lo segundo, no resulta difícil establecer una relación de causalidad entre las reformas legales de los últimos años sobre el cumplimiento íntegro de las penas y el crecimiento de la percepción de desamparo en los reclusos que no ven ninguna posibilidad de mejorar su situación, hagan lo que hagan. Esas medidas, tomadas por el PP, pero con el apoyo de casi todo el mundo, respondían a una presión social muy fuerte. Gracias a los medios de comunicación, a los políticos y a otros agentes sociales encargados de airear el miedo y la inseguridad unos para vender más periódicos y otros para reforzar su poder, la gente se ha mostrado favorable, incluso ha exigido, ese endurecimiento.

El delincuente ya no es en absoluto una posible víctima o el resultado de condiciones sociales, sino una personas malvada responsable de la situación en la que se encuentra y merecedora de los más duros castigos. Como la redención está fuera de consideración, el objetivo prioritario es excluirlo de la sociedad, cuanto más tiempo mejor. Aumentan los presos, aumenta la estancia en la cárcel y aumentan, como no podían ser menos los suicidios. La cárcel debe servir como venganza social y expiación del delito, y sobre todo como separación del delincuente de la vida social. Manzana podrida, lo que es necesario es separarlo del resto de las manzanas buenas para que estas no se contagien. Con este enfoque, el suicidio no es un accidente en el camino, sino una lógica consecuencia : el preso asume que sobra y le hace el favor a la sociedad de quitarse de en medio.

Pero no dejemos a un lado las responsabilidades intrínsecas de la institución carcelaria. Por más que declara ser responsable de la salud física y mental de los reclusos, por más que asume la tarea de reeducación y reinserción, de hecho, en su forma de funcionar, contribuye metódica y sistemáticamente a esa destrucción de los delincuentes que inconscientemente muchos están deseando. Se priva a los presos de los beneficios penitenciarios, pasando a ser más un instrumento de castigo y amenaza que un camino a la reinserción. Se insiste en medidas de aislamiento y se recurre de forma constante a traslados arbitrarios de presos, que de ese modo ven completamente rotos los vínculos con su familia y la sociedad. Los funcionarios de prisiones a duras penas ocultan con su eufemística titulación laboral que no son más que carceleros.

Es posible que en un tiempo la cárcel supusiera un cierto avance respecto a la situación anterior. Mejor encarcelado que con una mano amputada o mejor en una prisión que en una mazmorra. El avance no dejaba de estar cargado de perversión porque no acababa de abandonar la idea de venganza social como eje del sistema penitenciario. En todo caso, las posibles mejoras están absolutamente desbordadas. Si seguimos presionando todos desde fuera, si prestamos nuestro apoyo serio a los colectivos que luchan por los presos, contribuiremos a que dentro de unas décadas la gente recuerde las prisiones como siniestras instituciones propias de sociedades atrasadas y bárbaras. En ese momento, los problemas de la delincuencia y las conductas insociales recibirán un tratamiento más eficaz y sobre todo más humano.

Por el camino, hay que presionar sin descanso. Hubo un tiempo en que las organizaciones libertarias tenían su comité pro-presos encargado de proteger a los numerosos militantes anarquistas detenidos. Ahora, afortunadamente, ya no se va a la cárcel por militar en la CGT o la CNT, aunque siguen existiendo riesgos. Ahora hay muchos presos sociales. Estos se merecen que en nuestras organizaciones se recupere la idea del comité pro presos, aunque con la función central de intervenir directa o indirectamente contra uno de los símbolos más evidentes de la opresión.


Fuente: Felix García / Red Libertaria