“Esta vez caen veinte”. Prueba de 1.500 : eliminado el de Aquí. “No podemos explicarnos qué ha pasado”, se oye entre un lavaplatos que ahorra agua y una señora que en verano no puede cagar, la pobre. Que le den un micrófono. Pues aunque los microcéfalos digan que tampoco logran explicarse (eso que se oye con regularidad después de una guerra), es mentira, al final siempre lo hacen. Yo en cambio puedo ahora mismo, y sin ayuda de ese idioma suyo bifidus e irregularis : un puñado de diarreicos mentales, acostumbrad...

“Esta vez caen veinte”. Prueba de 1.500 : eliminado el de Aquí. “No podemos explicarnos qué ha pasado”, se oye entre un lavaplatos que ahorra agua y una señora que en verano no puede cagar, la pobre. Que le den un micrófono. Pues aunque los microcéfalos digan que tampoco logran explicarse (eso que se oye con regularidad después de una guerra), es mentira, al final siempre lo hacen. Yo en cambio puedo ahora mismo, y sin ayuda de ese idioma suyo bifidus e irregularis : un puñado de diarreicos mentales, acostumbrad…

“Esta vez caen veinte”. Prueba de 1.500 : eliminado el de Aquí. “No podemos explicarnos qué ha pasado”, se oye entre un lavaplatos que ahorra agua y una señora que en verano no puede cagar, la pobre. Que le den un micrófono. Pues aunque los microcéfalos digan que tampoco logran explicarse (eso que se oye con regularidad después de una guerra), es mentira, al final siempre lo hacen. Yo en cambio puedo ahora mismo, y sin ayuda de ese idioma suyo bifidus e irregularis : un puñado de diarreicos mentales, acostumbrados a que sus palabras pasen por realidad sin tener que ganárselo, ponen a un país en estado de delirio confundiendo durante años lo que sus cabezas dan de sí con lo que hay, y arrastrando incluso a los que sudan la pista o la zanja de verdad, de miedo o de cansancio, hasta un anuncio muy bonito a todo color y nada cuerpo. Llega la realidad, la decepción, y la búsqueda de culpables : una mala década, treintaiseis grados o la inmigración judeomasónica. Y hasta la siguiente. Lo didáctico del caso es que el deporte es el grado cero de la cultura, colindante con la guerra, donde sus metáforas se esfuman en cruda literealidad y dejarse la piel en el asfalto no es un renglón con regüin, sino un mes en cama. Y si incluso a quien lo pasa alcanza ya el poder de esa retórica, el que empieza a sudar literalmente en su asiento soy yo. Más : en el velódromo señala el cronómetro vuelta tras vuelta una creciente ventaja del Otro, el que no es de Aquí, del sitio donde robó el periodista la lengua en que delira. Pues no : mientras segundos e imagen atestiguan que el de Aquí se queda atrás, el locutor vocea que lo está eliminando, y que a ver si aguanta el final. Llegado éste y ganada la prueba por el Otro, tampoco este microcéfalo se explica ni con macrófono qué ha podido pasar en los metros finales, cuando debiera preguntarse “en las frases iniciales” ; vamos, como los políticos se preguntan por salidas negociadas y no por su negocio de dar salidas, ¿dónde lo habrán aprendido ? Más : un majadero imita como mal puede un gesto de compunción mientras berrea con idéntico falsete que hemos perdido una medalla y que los militares rusos han invadido Yoryia para ganar otras, y que es lamentable, lo de Yoryia. Le falta añadir “onmaimain” y cantarlo en el Do bajo. Habrá sido por apoderarse de los algodonales. Ahora soy yo el que no se explica cómo lo toleran los yuesei, que dice el de baloncesto. Visto lo no oido (y viceversa) con las veinte medallas, en fin, espero que en los próximos juegos incluyan una competición nueva, la de babeo, en las modalidades a ciegas o con imagen. Media docena de medallas se vendrían para casa, aunque la pregunta seguiría siendo a la de quién..

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Fuente: José Luis Arántegui