Artículo de opinión de Rafael Cid

<<Amontonando plumas llega a hundirse una barca>>

(Refrán chino)

<<Amontonando plumas llega a hundirse una barca>>

(Refrán chino)

La historia no se repite ni tropieza, ni como farsa ni como pirueta. Nadie se baña dos veces en el mismo río aunque lo remonte el salmón. Por eso la alegoría que sirvió a Marco Bellocchio para escenificar la lucha de clases en la Italia de los años de plomo no sirve para la China de los dos sistemas. Ahora en el gigante asiático no impera la línea maoísta de la revolución cultural que encandiló a muchos intelectuales europeos (Foucault fue uno de ellos con el pontífice Sartre, antes de tontear con parecida fruición con el jomeinismo). Aquí y ahora, este país que pesa como todo un continente es una megapotencia capitalista. Sui generis, pero de estricta observancia neoliberal en lo económico. Tanto que está a un telediario de hacerse con las riendas del sistema-mundo. Eso sí, bajo la dirección y liderazgo del sempiterno Partido Comunista.

En eso, pocas bromas. El comunismo realmente existente, ayer, hoy y posiblemente mañana, sigue siendo en esencia puro y duro capitalismo de Estado. El único vigente, si descontamos a ese reino paranoico de Shangri-La que se ubica al norte del paralelo 38. Cuba es otra dimensión, socialismo autárquico, tórrido, sandunguero y a veces disparatado (Fidel Castro decretó 3 días de luto nacional por la muerte de Franco). Con esta cartografía, me pregunto si cuando el vicepresidente del gobierno, Pablo Iglesias, proclama desde la tribuna del Congreso que se siente orgulloso de toda la historia del comunismo, se refiere solo al ya superado o está haciendo guiños a Pekín por lo que pudiera suceder. Gato negro, gato blanco, lo importante es que cace ratones. En cualquier caso, lo chocante es que, mientras a nadie se le ocurriría hacer una loa del fascismo en un parlamento democrático (aunque se tilde de <<formal>>), ponderar a bulto las hazañas del estalinismo resulte hasta progresista.

En los últimos tiempos, cuando paso por la madrileña plaza de Cibeles, suelo detenerme unos instantes a contemplar a un hombre anuncio que acostumbra a plantarse junto al pebetero que recuerda a los muertos por el coronavirus. Es un joven chino que porta una pancarta donde puede leerse <<Cómo el Partido Comunista Chino pone en peligro al mundo>>. Pero parece invisible para la gente que transita por allí, como si fuera un trastornado con un extravagante disfraz navideño. Nadie le hace el menor caso, y los que reparan en su presencia suelen despacharle un gesto de indiferencia cuando no de desprecio. Picado por la curiosidad un día me atreví a preguntarle por la razón de su insólita y machacona protesta. Me comentó que era miembro de la etnia uigur y que con su acción buscaba denunciar la criminal política del gobierno comunista contra su pueblo, que lleva años siendo objeto de persecución, desplazamientos masivos e internamiento en <<campos de reeducación>> donde se ven obligados a realizar trabajos forzosos para multinacionales como Nike o Apple. Todo ello ante la indolencia de la comunidad internacional.

El que debía hacer sido el año calamidad del régimen chino ha resultado ser una de las mejores épocas de su historia reciente en la carrera hacia el podio planetario. Y no solo por haber sido el epicentro del mortífero coronavirus, haber engañado al resto mundo ocultando el momento concreto de su irrupción y falsear estadísticas geoestratégicas, sino y sobre todo por haber vetado hasta hace unas semanas que los expertos de la Organización Mundial de la salud (OMS) viajaran a Wuhan para descifrar in situ el origen aún misterioso de la pandemia. Solo con esos antecedentes, cualquier otro Estado estaría ahora mismo incurso bajo sospecha como altamente tóxico para la convivencia. Pero en su caso el balance fue otro muy diferente: las lanzas se trocaron cañas. Porque 2020 ha sido también el tiempo en que la estatocracia china arrolló al soberanismo democrático en Hong-Kong y siguió profundizando en la represión contra todo tipo de disidencia o crítica (modelo que está copiando Putin calificando de agentes extranjeros a miembros de ONGs y activistas en favor de los derechos humanos), elevando a la categoría de genocidio el hostigamiento a los integrantes de la minoría musulmana uigur (https://elpais.com/internacional/2019/11/24/actualidad/1574585084_949708.html). Como muestra del carácter totalitario del régimen de Pekín, el último Informe Anual de Amnistía Internacional referido al año 2019 decía lo siguiente: <<China siguió siendo el mayor ejecutor mundial, aunque se desconoce la verdadera magnitud del empleo de la pena de muerte en ese país, al estar clasificados los datos relacionados con ella como secreto de Estado; la cifra oficial de, al menos, 657 ejecuciones no incluye las miles de ejecuciones que, presumiblemente, tuvieron lugar en China>>. Distintas organizaciones humanitarias han hablado del tráfico de órganos de las personas ejecutados como una práctica de su sistema carcelario, en especial con presos de la <<secta>> Falung Gong.

Con ese luctuoso panorama llama la atención la política de apaciguamiento con que es tratado el coloso chino en el concierto mundial, apreciándose una suerte de tropismo inducido a su favor como consecuencia de la política comercial revanchista y proteccionista desplegada en Estados Unidos durante la administración Trump contra su competidor mandarín. En ese contexto cabe inscribir el reciente tratado para liberalizar las inversiones entre China y la Unión Europea (casi al mismo tiempo en que Bruselas oficializaba el Brexit), donde muchos expertos ven una victoria simbólica de Pekín a cambio de vagas y genéricas promesas en el orden mercantil, político y medioambiental. Es el segundo gran pacto liderado por Pekín en su sprint de los últimos meses, tras el alcanzado el pasado noviembre con otros 14 países de Asia y Oceanía para conformar la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), el mayor acuerdo comercial de la actualidad, que engloba el 30% del PIB total y 2.100 millones de consumidores.

Contrariamente a los que pronosticaron al comienzo de la crisis sanitaria algunos profetas posmodernos de la revolución pendiente (Slavoj Zizek dixit), la pandemia ha sido un hallazgo reputacional para el capitalismo de última generación (https://www.federacionanarquista.net/cuando-el-capitalismo-nos-rescata-por-rafael-cid/). No solo los ultrarricos han aumentado sus fortunas en un 27%, una auténtica recuperación en V, y la gente se ha empobrecido aún más. También las principales bolsas de Estados Unidos (Wall Street) y Alemania (Fráncfort) acabaron el año en máximos históricos. Y sobre todo se ha entronizado definitivamente el rol social de las grandes corporaciones tecnológicas. Que lejos de verse ya como una amenaza a la privacidad y como destructora de empleo, ahora comparece gracias al obligado distanciamiento social y al teletrabajo como la solución a nuestros males. Por no hablar del enorme negocio de las farmacéuticas, cuyo mercado potencial y real somos y cada uno de los terrícolas, sin que hayan cedido sus patentes privadas para dominio público. O de la tentación neocolonial que ofrecen las vacunas de la Covid-19 para aquellas potencias que aspiren a ampliar su área de influencia en países que no disponen de los recursos necesarios para adquirirlas en el mercado ni logística para gestionarlas.

El resultado: China e vicina. El sorpasso del coloso asiático en su larga marcha hacia la cima global tiene bases sólidas: ha sido el único país desarrollado que ha recuperado todo la riqueza perdida durante el 2020 mientras sus homólogos se han hundido en recesiones nunca vistas; es el puto capo en la decisiva revolución digital del 5G que permitirá conectarnos a todo, permanentemente y en el menor tiempo posible; posee la mayor reserva de divisas del orbe y, lo que es más preocupante, tiene uno de los gobiernos con menos escrúpulos del mundo. Razones todas ellas que balizan un apaciguamiento con precedente en el que practicaron en los años treinta del siglo pasado las democracias occidentales ante la emergente Alemania nacionalsocialista. Otra agresiva dictadura cuartelera de partido único como la que patrocina aquí y ahora el Partido Comunista Chino (PCCH) tras rebasar la Gran Muralla.

En el derecho internacional se está imponiendo una especie de nueva Doctrina Estrada trascendente. Un laissez faire-laissez passer que soslaya la regulación de organismos que, como Naciones Unidas, se establecieron para proteger y promocionar los derechos humanos. Esta política de hechos consumados pone delante los intereses materiales frente a cualquier otra consideración de tipo ético o político. Osmosis y consensos preñados de ascendencia y notoriedad pública gracias al discurso amorfo y cómplice de los medios de comunicación de masas que atienden a la máxima evangélica que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha (Mateo 6,3). Así un diario de calidad como El País puede usar las páginas de la sección de internacional para informar concienzudamente de los múltiples atropellos del gobierno chino (<<Presos obligados a cambiar de nombre en China>>, 26/11/2020 y <<Condenada a cuatro años periodista china por informar sobre la pandemia>>, 29/12/ 2020), y a la vez lucrarse al insertar mensualmente en sus páginas el suplemento China Watch, un panfleto propagandístico <<elaborado por la República Popular China>> para divulgar urbi et orbi su modelo civilizatorio.

Un respeto para el encartelado uigur de La Cibeles.

Rafael Cid


Fuente: Rafael Cid