Artículo publicado en Rojo y Negro nº 388 de abril.

Paso a paso, kilómetro a kilómetro, con las botas cada día un poco más desgastadas y con más polvo, pero con el ánimo más fortalecido, desde hace ocho años un grupo de senderistas da un nuevo sentido a su caminar: sacar del olvido y recuperar el sendero que 87 años atrás recorrieron miles de personas huyendo de la amenaza y el terror que, a su paso, sembraría un grupo de militares rebeldes para quienes faltar a su juramento de honor era algo que no revestía importancia alguna. Deshonor del que nunca fueron juzgados y que sembró la muerte y el terror por toda España. El Progreso y la Libertad que venían de la mano de la República hubieron de dejar paso al miedo, la perplejidad, el dolor, la muerte, la sangre, el sufrimiento que durante casi 50 años fue el traje con que se vistió el país. Y tan pegadas quedaron sus costuras a la piel, que hoy, tras casi un siglo de aquella atrocidad, siguen sin soltarse.
Una historia secuestrada pero viva y latente entre la arena de unas playas que un día se tiñeron de sangre. Un episodio que esperó paciente durante casi un siglo a ver la luz de la verdad y que este año, finalmente, ha conseguido entrar en los libros de historia al haber sido proclamada parte de la Memoria Histórica del pueblo.
A seis años de la proclamación de la Segunda República y a doce de un siglo del estallido de una guerra genocida que cambiaría definitivamente el futuro de nuestro país, aún el silencio vestido de desconocimiento anida en las cunetas y en la memoria. Un buen día de 2017, tres senderistas pusieron en marcha una iniciativa, que hasta el momento es única en España, liderando una marcha que año a año se ve incrementada con más participantes e iniciaron el camino de lo que hoy es La Desbandá. Durante 10 días, cada año desde entonces, volverán a pisar la tierra que pisaron miles de malagueñas, la mayoría mujeres y sus hijos, huyendo de las amenazas de muerte y violación que cada tarde, a modo de sobremesa fúnebre, anunciaba por la radio Queipo de Llano.
Almería se mantiene firme y leal a la República. Miles de mujeres y sus hijos e hijas de dirigen allá. Pero por el camino serán bombardeados por tierra, mar y aire. No hubo clemencia para los millares de personas que entre los días 7 y 17 de febrero huían de la muerte y el horror de la bestia negra. Aún, si se escucha atentamente, puede oírse rebotando entre las rocas el llanto de los niños y las niñas ante el cadáver de la madre, el de la madre ante el cuerpo inerte y frío de su hija, de su hijo. No se sabe a ciencia cierta cuántos seres humanos encontraron la muerte en un camino por el que huyeron para vivir. El cielo se tiñó de negro mientras el mar enfurecido se teñía de rojo. Aviones alemanes e italianos junto a los buques sublevados Canarias (al mando de Francisco Bastarreche) y Baleares y Almirante Cervera (al mando del Capitán de Fragata Salvador Moreno Fernández) disparaban contra esos seres convertidos en marionetas de feria, en blancos fáciles. Diez días bastaron para asesinar a un número que oscila entre 5.000 y 10.000 personas. La ocultación del hecho, el disimulo y la negación lograrían que por más de ochenta años este drama quedara oculto. Poco a poco, el silencio producto del miedo fue enterrando como una pasada losa lo ocurrido y su recuerdo solo encontraría acomodo en la memoria de sus protagonistas.
Pero la historia es tozuda y la verdad termina abriéndose paso. Esta vez fueron tres caminantes, Marcos González, José Manuel Gálvez y Rafael Morales, quienes se calzaron las botas y empezaron a transitar por el sendero maldito. Se corrió la voz y pronto más de ochocientas personas unieron sus pasos y su grito en una larga cadena unida por sólidos eslabones de Verdad, Justicia y Reparación. La Desbandá acababa de nacer.
Hoy, su octava edición ha alcanzado por fin un nuevo hito: el del reconocimiento. El Ministerio de Memoria Democrática ha declarado esos días y ese crimen parte indisoluble de la historia de nuestro país. Reparación.
Hoy los escenarios son otros, pero las luchas fratricidas continúan tiñendo de sangre y dolor la tierra que habitamos. Los crímenes por violencia de género contra las mujeres presentan cifras insoportables de asumir y las bombas siguen matando seres inocentes y ajenos a la lucha de poder que cualquier guerra representa. Europa sigue contemplando desde su atalaya de confort los escenarios de muerte, crueldad y guerra que la rodean, calibrando el grado de condena diplomática a emitir mientras sigue vendiendo armas y endureciendo hasta límites nunca conocidos la acogida en nuestras tierras a los que huyen, blindando las puertas de entrada, firmando vergonzosos pactos contra el derecho de asilo de las gentes, negando protección a quienes llaman a ella huyendo del hambre, la persecución y la guerra. Son las nuevas Desbandás del siglo XXI.
Mientras, nosotras seguiremos caminando codo con codo, elevaremos nuestra voz por senderos y caminos reclamando Verdad, Paz, Justicia, Reparación. Nuestras botas están desgastadas, pero nuestras almas siguen limpias sabiendo que lo que otros llaman utopía es el único camino por el que transitar.

Luz Modroño
Doctora en Psicología y profesora de Historia en Secundaria.
Pero, sobre todo, feminista y activista social


Fuente: Rojo y Negro