Artículo publicado en Rojo y Negro nº 388 de abril.

En un mundo en el que, como decía José Antonio Nieto, los abusos del sistema hacen de la vida una indignidad y una pesadilla, hemos normalizado el lenguaje de la guerra y lo que es peor, nos estamos insensibilizando por sobreinformación con la realidad inhumana de la guerra, como si la guerra fuera parte de la vida, como si tuviera alguna justificación.

Tras un periodo en el que parecía que las muertes por conflictos armados disminuían en todo el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, según datos de Our World in Data, a partir de 2012 el número de guerras ha ido creciendo. Primero surgieron conflictos en Libia, Siria y Yemen, desencadenados por las revueltas árabes de 2011. La inestabilidad en Libia se extendió hacia el sur, lo que contribuyó a una crisis prolongada en la región de Sahel. Después vino una nueva ola de conflictos importantes: la guerra entre Azerbaiyán y Armenia de 2020 sobre el enclave de Nagorno-Karabaj, semanas después comenzaron los horribles enfrentamientos en la región de Tigray en el norte de Etiopía, el conflicto provocado por el golpe de Estado del ejército de Birmania en 2021 y la invasión de Rusia a Ucrania en 2022. A estos se suman la devastación en Sudán y Gaza en 2023.
Las crecientes tensiones económicas y sociales en estados frágiles, el aumento de las tensiones entre las grandes potencias e incluso los efectos iniciales del cambio climático nos hacen comenzar 2024 con al menos ocho grandes guerras, además de decenas de conflictos armados: junto a la guerra entre Israel y Hamás en la Franja de Gaza, que acumula miles de muertos desde el 7 de octubre, y la invasión rusa de Ucrania, que cumplirá dos años en febrero de 2024, en este momento se viven conflictos armados a gran escala en Burkina Faso, Somalia, Sudán, Yemen, Myanmar, Nigeria y Siria.
Alrededor del mundo, a diferencia de otras décadas, más personas están muriendo en combates, asesinadas colateralmente, siendo desplazadas de sus hogares o necesitando ayuda para salvar sus vidas. Las cifras de personas muertas son escandalosas: desde 1945 hasta 2011 se registraron 10,5 millones de muertos en batalla, sólo contando las bajas militares. El número de muertes relacionadas con combates ha aumentado en un 97% solo en 2022, con un aumento de más del 400% desde el inicio de la década de 2000. Pero, mientras en la Primera Guerra Mundial moría el 19% de la población civil por las guerras, hoy las víctimas civiles aumentan hasta el 90%.
Las desplazadas a causa de la guerra en Ucrania aún son incontables; en Nagorno-Karabaj donde en 2024 desaparecerá la República de Artsaj, toda la población armenia ha tenido que huir en condiciones calamitosas; en Sudán se está produciendo una pesadilla a nivel humanitario y ya son 8,1 millones de personas obligadas a dejar sus hogares en un colapso que podrá repercutir durante décadas en toda la región del Sahel, el Cuerno de África y el Mar Rojo; en Gaza se están exterminando a generaciones enteras de familias dejando a incontables niñas y niños muertos, mutilados o huérfanos; en Siria, hasta el momento, hay 6,6 millones de personas desplazadas de las que 5,5 millones están como refugiadas en países cercanos; en Yemen se calcula que 140.000 personas han muerto de hambre y enfermedades provocadas por la crisis humanitaria; en Myanmar se calculan 13.000 niñas y niños muertos y 1,3 millones de personas desplazadas…
Muerte, inseguridad, injusticia y subdesarrollo se disparan en los territorios en conflicto, calculándose que algunas zonas necesitarán al menos 150 años para acercarse a un entorno vivible. Como hemos visto en Gaza, incluso en las guerras que tiene más visibilidad se vulneran los Derechos Internacionales Humanitarios (DIH), los Derechos Humanos (DD.HH.) y las convenciones de Ginebra. No es de extrañar que en conflictos con menos visibilidad esto se exacerbe aún más sumando al horror las violaciones de mujeres como arma, el secuestro de niñas y niños para militarizarlos o para traficar con sus vidas de otros modos, etc. El patriarcado, el nacionalismo y el militarismo tienen estas consecuencias, son, muy resumidamente, esto.
Empecemos a rebelarnos contra la “normalidad” de la guerra que alimenta la acumulación del capitalismo, busquemos formas respetuosas y cuidadosas de tratarnos todas para contrarrestar el lenguaje y los conceptos militaristas, objetemos fiscalmente en nuestra declaración de la renta, evitemos alimentar a la Banca Armada… ¡rebelémonos contra toda política militarista!

Carmen Arnáiz
Secretaria de Acción Social


Fuente: Rojo y Negro