Tener alas sin espacio para volar

“Alas y libertad”. Dos palabras que con las que el ser humano juega a la metonimia sobre el papel y a la mutilación en sus actos. ¿A quién, sino a un desequilibrado, le puede causar placer encerrar de por vida a una criatura que nada hizo para merecer ese destino? ¿Quién, que no sea un depravado, disfrutaría observándola cada día disputarse con el dolor su diminuto universo de metal mientras se marchitan sus instintos, su conducta se degenera y se atrofia su cuerpecito?

¿Para qué quiere alas un pájaro si ya nunca le dejarán volar? ¿Para qué necesita un hombre a ese frágil reo de plumas, piel y huesecillos agostándose entre unos barrotes? Poco importa que tormento y aberración sean las respuestas a esas dos preguntas, porque la captura, cría y venta de pequeñas aves para condenarlas a una existencia inmisericorde y espantosa constituye un boyante negocio dentro y fuera de la ley. Lo es porque la administración lo autoriza bajo ciertas condiciones y, de forma paralela, existen verdaderas redes mafiosas dedicadas al tráfico ilegal de estos seres.

¿Para qué quiere alas un pájaro si ya nunca le dejarán volar? ¿Para qué necesita un hombre a ese frágil reo de plumas, piel y huesecillos agostándose entre unos barrotes? Poco importa que tormento y aberración sean las respuestas a esas dos preguntas, porque la captura, cría y venta de pequeñas aves para condenarlas a una existencia inmisericorde y espantosa constituye un boyante negocio dentro y fuera de la ley. Lo es porque la administración lo autoriza bajo ciertas condiciones y, de forma paralela, existen verdaderas redes mafiosas dedicadas al tráfico ilegal de estos seres. A menudo, y eso no sorprende, integradas por cazadores.

¿Qué sentiría Usted si todas las horas de todos los días de su vida, las pasara prisionero en un cajón transparente en el que un solo paso que diese o sus brazos a medio extender conectasen los confines de su celda? Probablemente lo mismo que esos pajarillos: miedo y quebranto, alternando periodos de agresividad con tendencias autodestructivas y comportamientos compulsivos. Sí, volverse loco igual que ellos y llegar a morir de tristeza, si es que no lo hace antes por las lesiones causadas en un intento desesperado e inútil por escapar de su cautiverio.

Mientras tantos ciudadanos, entre ellos muchos políticos, sigan pensando que no hay perversión en enjaular el cielo de un jilguero, un verderón o un pardillo, mientras sean incapaces de ponerse en su lugar y comprender el terrible precio que para ellos mismos tendría que les arrebatasen la libertad que exigiéndola para sí, le roban a otros por indefensos y vulnerables, los que entendemos esta ruindad como un crimen no podemos dejar de luchar sin descanso contra ella. Y hay maneras de hacerlo: denunciando cualquier sospecha de comercio o tenencia ilegal de estas criaturas, expresando nuestro asco y rechazo ante la permisividad de la administración, o negándonos a entrar en establecimientos, como tiendas, hoteles o bares, en los que estos desdichados esclavos formen parte del decorado apetecido por un cobarde demente.

“Alas y libertad”. Como siempre, la sangre de otras especies le sirve al hombre para escribir sus versos más cínicos.

Julio Ortega Fraile

@JOrtegaFr

Delegado de LIBERA! en Pontevedra

www.findelmaltratoanimal.blogspot.com


Fuente: Julio Ortega Fraile