Artículo publicado en RyN nº 380 de julio-agosto.

Julio de 1936, el calor del verano recorría nuestra querida Iberia, las Islas Baleares y Canarias, el norte africano, hacía días que el rumor de un golpe de estado corría por las calles. Militares indignos, la reacción de terratenientes, Iglesia, falangistas y requetés, estaban todos confabulados para tomar el poder a la fuerza y derrocar las pocas libertades y avances sociales conseguidos en la II República, más aún cuando desde febrero el poder gubernativo estaba en manos del Frente Popular. El contexto histórico de esa época era muy duro para el pueblo trabajador, crecimiento del fascismo en Italia y del nazismo en Alemania, aliados de los golpistas españoles. Y sucedió, empezando por Canarias y territorios del norte de Marruecos, se consumó la traición al pueblo, se inició el largo conflicto, que tanta sangre inocente derramó y que forma parte de nuestra historia, la posterior cruel dictadura de 40 años, la represión constante, hace ahora 87 años.
Mas en esos calurosos días de verano, la clase obrera de pueblos y ciudades, unida y organizada, salió a la calle a parar el fascismo. Con sus manos y con lo poco que tenían para su defensa, se lanzaron contra la reacción golpista. Y pudo pararse en muchos territorios, donde el Movimiento Libertario estaba organizado, alrededor de la CNT y la FAI, las Casas del Pueblo, UGT y militantes de partidos políticos antifascistas. En esos primeros días, en los que el proletariado tomó la calle y los cuarteles, también tomó su legítimo derecho a marcar su futuro y su destino, creándose en cada comarca, ciudad, municipio o barrio, los Comités Antifascistas y de Defensa Confederal, y que durante mucho tiempo, fueron el motor de la economía local, los servicios públicos y el sostén de la vida pública de toda la ciudadanía.

El movimiento, se demuestra andando…, dijo Diógenes, y es una realidad
Desde el primer día, se acuñaron los términos Revolución Social, Guerra y Revolución, Colectivización y Empresa Incautada, en aquellos territorios de clara influencia libertaria, y mayoritariamente en Cataluña, Levante, Murcia, Aragón y otras comarcas libres de los golpistas, donde tuvo lugar una importante práctica autogestionaria; puede considerarse uno de los experimentos sociales más importantes del siglo XX, fue la “Colectivización anarquista, de la vida colectiva y social y de los bienes de producción y de los recursos económicos comunes”.
No hizo falta Estado ni ninguna estructura estatal, el poder popular y su firme voluntad en que había llegado el tiempo del cambio radical, de la necesaria transformación social en una sociedad sin clases, sin privilegios, sin explotadores, dio origen al nuevo modelo social, a la sociedad libertaria, en todas las fases y aspectos de la vida cotidiana. No hicieron falta partidos políticos, ni líderes. Como nos explica Abad de Santillán, “la estructura de la CNT o la FAI, no marcaron ningún camino inicial, la propia energía del pueblo reactivó la industria, los servicios, las tierras…”. Junto a la abolición, en algunos casos, de la propiedad privada y del dinero en curso legal, también se acometió la colectivización de las propiedades de los ricos explotadores, para uso común. Fue una obra completa de espontaneidad, de asamblea popular, de la toma de acuerdos y acciones en pos del bien general por encima del particular. En cada lugar de trabajo, se formaron comités administrativos y directivos formados por los trabajadores más capaces y dignos de confianza. A las pocas semanas del inicio del conflicto, existía ya una economía colectivista vigorosa, con una regulación del trabajo y de la producción verdaderamente obrera y campesina. Los medios de producción estaban en manos de los trabajadores.
La concepción ideológica del anarcosindicalismo, era: “una colectividad era el grupo de trabajadores que, agrupados libremente y por afinidad, constituían la unidad básica de un nuevo sistema de organización social: el colectivismo. Este sistema, basado en la propiedad colectiva —que no estatal— y en la federación económica, era el único que, según sus concepciones, podía lograr, por un lado, la emancipación de los trabajadores, y por otro, y al mismo tiempo, un sistema social justo basado en la libertad individual y colectiva”, por tanto, el éxito de las colectividades descansaba en largas tradiciones comunitarias del pueblo español. Secundadas en ocasiones por la UGT y otros grupos y militantes republicanos, fueron la CNT y el movimiento libertario los que aseguraron la creación de las nuevas formas de organización económica y social. Gaston Leval, autor de una las obras más importantes sobre el tema, Colectividades libertarias en España, nos aclara que los logros del movimiento anarquista no hubieran tenido lugar si no hubieran estado en sintonía con la psicología profunda de, al menos gran parte, de los obreros y campesinos, y Daniel Guerin en El anarquismo, dijo que la colectivización no tuvo imposición alguna ni derramamiento de sangre; los campesinos y pequeños propietarios que no quisieron unirse a la obra fueron respetados, aunque luego muchos de ellos se integraron a la colectivización al comprobar las ventajas de la misma. Incluso, se respetaron los derechos de las personas que no se integraron y pudieron utilizar algunos de los servicios de las colectividades. Lo que prevalecía en las colectividades eran los valores libertarios: solidaridad, apoyo mutuo e igualdad. Se practicaba la fraternidad en beneficio de la colectividad y cada persona debía contribuir al trabajo en la medida de sus posibilidades. Las colectividades con más recursos ayudaban a las que tenían menos, a través de una Caja de Compensación, regional o comarcal, que se encargaba de contabilizar los ingresos de cada obra colectivizada. Estas Cajas eran administradas por personas nombradas por la asamblea general de delegadas/os de las colectividades.

¡Cuando se pudo, no se quiso, cuando se quería, ya no se podía!
Como nieto de colectivistas, tanto de Aragón por parte materna, como de la Plana de Almassora por la paterna, desde bien joven recabé información de este modelo transformador y revolucionario, cómo se realizó, qué dificultades hubo en sus inicios, cuánta participación popular. Era un proyecto ilusionante y nuevo. Las relaciones con otras colectividades cercanas, los enemigos del sistema igualitario. Lo que me contaron, en la mayoría de los casos, fue que había mucha ilusión y ganas de acabar con las miserias y las desigualdades sociales de aquella época. Todos los recursos, utensilios, maquinarias y técnicos, estaban al servicio de las diversas colectividades de cada región; no existía aislamiento alguno, sino una importante red solidaria que también unía eficazmente la ciudad y el campo. La obra colectiva y autogestionada, como es lógico, no fue completa; gran parte de la economía quedó al margen de la obra colectivizadora, mas el control obrero era firme y durante un tiempo, efectivo. Tanto en el campo, oficios, industria, en los municipios y en las ciudades, al menos hasta mayo de 1937, empezó un tiempo nuevo para el pueblo trabajador, luego vino la traición y la represión, el sueño acabó. Tuvieron el poder en sus manos y por las dinámicas libertarias, no lo impusieron colectivamente, luego, cuando llegó la reacción burguesa y política, estaban desgastadas sus fuerzas y poco a poco, fue muriendo el proyecto Colectivista.
Con los años, a veces con tristeza y otras con añoranza, me devuelve el recuerdo hechos de aquellas luchadoras que, aplicados a fecha de hoy, vemos que está más viva que nunca La Idea, que es conseguible y necesaria, pues nada hay más justo que una sociedad libre e igualitaria frente a la actual realidad, viciada de injusticia y desigualdad, es por tanto evidente que la lucha sigue, compañeras, una lucha “que llevará al pueblo a la emancipación”.

Alguna bibliografía

– Daniel Guerin, El anarquismo (Editorial Altamira, Buenos Aires 1975)
– Gaston Leval, Colectividades libertarias en España (Editorial Aguilera, Madrid 1977)
– Heleno Saña, Sindicalismo y autogestión (G. del Toro Editor, Madrid 1977)

Joan Pinyana Mormeneo
Memoria Libertaria CGT


Fuente: Rojo y Negro